Los 92 años del Comandante Manuel Piñeiro, el legendario Barbarroja

Comandante Barbarroja

Hay personas que despiertan simpatía sin perder un ápice de autoridad, que son capaces de escuchar, polemizar, sumar, convencer y ser ejemplo, al mismo tiempo de exigir un trabajo sin descanso y sin horario, sin fallas ni errores de apreciación, en busca siempre de la unidad de lucha como estrategia de acción.
Ese era el caso del comandante Manuel Piñeiro Losada, a quien el mundo lo seguía conociendo como Barbarroja, aunque en los últimos decenios de su vida ésta se fue volviendo blanca por fuera, aunque por dentro, al igual que el ser humano al que pertenecía su roja militancia, nunca se destiñó y estaría cumpliendo 92 años este 14 de marzo si no hubiera fallecido en 1998.
Era hermético en los secretos que guardaba, muchos de los cuales se llevó consigo en su muerte por su propia formación revolucionaria. Activo combatiente en la clandestinidad, en la Guerra de Liberación ocupó importantes responsabilidades en el Segundo Frente Frank País en el cual se ganó los grados de comandante. Al triunfo de la Revolución en 1959 es nombrado Jefe de la Plaza Militar de Santiago de Cuba y posteriormente el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz le encomendó crear los órganos de inteligencia, participar en la creación de la Seguridad del Estado, y coordinar la ayuda a los revolucionarios que en América Latina luchaban contra las dictaduras en sus países.
Pese a su hermetismo profesional, en su trato con los compañeros, vecinos y el pueblo, Piñeiro era carismático y muchos amigos lo calificaban como un verdadero “jodedor cubano” por sus bromas y el carácter siempre afable. Como martiano y fidelista que fue toda la vida hasta su muerte, demostraba en los hechos cotidianos, casi siempre anónimos o discretos, que la autoridad se gana sólo a fuerza de mucha calidad humana, antiburocrática, auténtica austeridad, firmeza de principios y rectitud política.
Nació en Matanzas el 14 de marzo de 1933, hijo de padres gallegos emigrados a Cuba pertenecientes a la llamada clase media, quienes lo educaron en el trabajo duro cotidiano. Cuando percibieron que se enrolaba en la lucha contra la violencia sin freno del dictador Fulgencio Batista, lo enviaron a la universidad de Columbia, en Nueva York, sin sospechar que allí iniciaría su principal vocación al ser nombrado presidente de la Asociación de Estudiantes Latinoamericanos.
En esa ciudad conoció a su primera esposa, Lorna, una talentosa bailarina que se enamoró del vigoroso joven pelirrojo cuando la invitó a bailar el mambo. Con ella regresó a Cuba y se hicieron pasar por un matrimonio gringo para trasladar armas a la Sierra Maestra, en una exitosa operación que hizo posible el triunfo rebelde en el combate de El Uvero, y la incorporación de Piñeiro a la Columna Uno.
Fidel siempre le decía “El Gallego”, por la procedencia de su progenitor, y le encomendaba personalmente el cumplimiento de serias, complejas, compartimentadas y sumamente difíciles misiones, algunas de las cuales sólo fueron del conocimiento de ellos dos.
Aunque no era hombre que diera entrevistas por su propia formación, sí dispensaba un trato especial a la prensa cubana y en particular a los periodistas vinculados con la información internacional. Como testimonio personal puedo relatar muchos momentos, pero como ejemplo daré sólo dos. Estando el que suscribe como jefe de información internacional de la Revista Bohemia recibí una llamada telefónica de Piñeiro el viernes 8 de diciembre de 1983, en la cual me preguntó si estaba al tanto del triunfo electoral de Raúl Alfonsín en Argentina y su toma de posesión en dos días, para luego decirme que necesitaba que cubriera ese acontecimiento que finalizaba una serie de sangrientas dictaduras que interrumpieron la vida constitucional en ese país desde 1930, y cuya última había colapsado tras la Guerra de las Malvinas del año anterior.
Mi sorpresa por la premura del viaje fue mayor cuando me dijo que viajaba en pocas horas, que ya tenía mi pasaporte, pero sin visas para ninguna de las escalas, que tenía que lograr llegar a tiempo y me ayudarían para ello. En efecto, en pocas horas estaba viajando hacia Nicaragua, donde su representante del entonces Departamento América del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, me consiguió en breve tiempo una visa de tránsito para Panamá. Allí la historia fue similar y finalmente pude montar a un avión con escala en Santiago de Chile y llegar el mismo día 10 a Buenos Aires, la noche de la toma de posesión y comenzar a transmitir, con la austeridad que el propio Piñeiro impregnaba a todos.
La otra anécdota, estando en Prensa Latina como jefe de la redacción que atendía Centro América, El Caribe, Panamá y México, desde agosto de 1989 a diciembre de 1990, Piñeiro llamaba por teléfono casi todos los días. Comenzaba con su tradicional “periodista, qué hay de nuevo”, a hacerme un examen, país por país, de los temas que le interesaban, con gran provecho también para el trabajo de PL por sus siempre enriquecedores comentarios.
Antes de eso, desde la Dirección de Liberación Nacional del Ministerio del Interior, en muy estrecha sintonía con Fidel Castro, se dedicó a la atención del movimiento revolucionario democrático y progresista, especialmente de América Latina y el Caribe, pero también de África, en una etapa en que se desmoronaba el colonialismo, pero arreciaba el intervencionismo estadounidense contra la soberanía en América y proliferaban dictaduras militares y regímenes entreguistas.
Entre las misiones que dirigió Piñeiro, estuvo brindar apoyo logístico a las operaciones militares de Ernesto Che Guevara en el Congo (1965-1966) en solidaridad con la lucha anticolonial de aquel pueblo. Luego, su equipo desempeñó un destacado papel en la llamada Operación Camilo Cienfuegos, que implicó burlar a la CIA y a todos los servicios de Inteligencia yanqui en la región, al lograr trasladar al Che y a un grupo de combatientes desde Cuba a Bolivia, sin que pudieran ser detectados y formar allí un destacamento guerrillero.
En 1965 fue designado miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, responsabilidad que desempeñó hasta 1997. A comienzos de 1975, pasó a dirigir el Departamento América del Partido Comunista de Cuba, y a atender un amplio espectro de fuerzas políticas y sociales, no solamente de la izquierda, en el cada vez más dilatado y heterogéneo movimiento popular y revolucionario latinoamericano, caribeño y del Tercer Mundo.
En 1997, Piñeiro se retiró de todos sus cargos e inició con gran intensidad y entusiasmo un esfuerzo de investigación, de carácter histórico, unido a la entrega de sus vivencias personales, para dar a conocer parte de esa historia solidaria de Cuba en la región.
Falleció el 11 de marzo de 1998 en La Habana, tres días antes de cumplir 65 años, en un lamentable accidente de tránsito al estrellarse contra un árbol, manejando sin chofer ni escolta por su proverbial sencillez, mientras conducía hacia su casa en momentos cuando sufrió un episodio agudo de diabetes, luego de participar en un homenaje por los 40 años de la creación del II Frente Oriental Frank País. 
Su muerte es recordada cada año en Cuba y en numerosos países del mundo por los revolucionarios que le conocieron y por todos quienes tuvieron el privilegio de compartir con uno de los hombres modestos que hicieron inmortal la influencia del ejemplo de la Revolución Cubana en la lucha por la verdadera independencia de los pueblos.

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