Combate de El Uvero marcó la mayoría de edad del Ejército Rebelde

Combate del Uvero

Tras ocho horas de camino en las montañas de la Sierra Maestra combatientes del naciente Ejército Rebelde rodearon la noche del 27 de mayo de 1957 el cuartel de El Uvero y al amanecer del 28 comenzó el asalto que marcaría en palabras de Ernesto Che Guevara la mayoría de edad de la guerrilla.
“Nuestros hombres tomaron por asalto cada posición, avanzando sobre las balas y combatiendo largamente. Todo lo que se diga sobre la valentía con que lucharon, no acertaría a describir el heroísmo de nuestros combatientes [...] El capitán Almeida (Juan) dirigió un avance casi suicida con su pelotón. Sin tanto derroche de valor no hubiese sido posible la victoria”, escribió el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Tan pronto tuvimos noticias del desembarco del yate Corynthia unos días antes del 27, recordaba Fidel, como ya teníamos la experiencia de lo que podía ocurrirles en los primeros instantes, el grupo rebelde de algo más de cien hombres trató de brindarles colaboración. “Encontrándonos en aquellos días cerca de una guarnición enemiga fuertemente atrincherada (el Cuartel de El Uvero), decidimos atacarla con el propósito de aliviar la situación del grupo que acababa de desembarcar”.
De los 53 integrantes del ejército de la tiranía en el cuartel en El Uvero, 46 fueron bajas, entre ellos 11 muertos, 19 heridos y 16 prisioneros, según consta en el relato que hiciera Fidel Castro a Frank País sobre esta acción.
Por la parte rebelde, de unos 80 combatientes cayeron heroicamente los tenientes Julio Díaz González, asaltante del Moncada y expedicionario del Granma, y Emiliano Díaz Fontain y los guerrilleros Gustavo Adolfo Moll, Francisco Soto Hernández, Anselmo Vega, Eligio Mendoza y Rigoberto Cilleros. Heridos en el combate resultaron el capitán Juan Almeida Bosque, el teniente Félix Pena, además de Miguel A. Manals, Mario Maceo, Manuel Acuña, Enrique Escalona, Mario Leal y Hermes Leyva.
En relato posterior al triunfo el General de Ejército Raúl Castro Ruz afirmaría que Almeida fue el alma del combate y el Che Guevara comenzó a destacarse allí como un guerrillero impetuoso en un combate que dio al Ejército Rebelde categoría de tropa experimentada.
Ese mismo 28 de mayo de 1957 la historia recoge la afrenta pública a la patria por el actuar criminal del dictador Fulgencio Batista al ordenar asesinar a 16 prisioneros del frustrado desembarco de la expedición del yate Corynthia, en contraste con la liberación por el Ejército Rebelde de los 19 heridos y 16 prisioneros del ejército del régimen tras la rendición del cuartel de El Uvero.
En el discurso pronunciado en 1959 en homenaje a los mártires del Corynthia, el Comandante Fidel Castro afirmaba que una de las costumbres que el tirano inculcó en su soldadesca, una de las conductas más repugnantes que desde el 4 de septiembre se apoderó de los institutos armados, fue la cobardía y el vicio de asesinar a los prisioneros.
La expedición financiada por el Partido Auténtico del ex presidente Carlos Prío, zarpó de Miami rumbo a Cuba conduciendo a un grupo de jóvenes revolucionarios, comandados por Calixto Sánchez Whyte, con la intención de desembarcar en un punto de la costa oriental de la isla, próximo a Baracoa, y abrir un nuevo Frente guerrillero. 
Los expedicionarios sufrieron las penalidades de una navegación con mal tiempo por espacio de cuatro días. Esta circunstancia, unida a la poca experiencia del maquinista que fungía como patrón y el estado deficiente del motor impidieron el desembarco por el lugar proyectado.
La expedición no era un secreto para los servicios de inteligencia de Batista, quien estaba al tanto de los preparativos, organización y armamento, así como el lugar previsto de desembarco, actualizado por dos desertores quienes ayudaron a la guardia a localizar a sus compañeros a fin de salvar sus vidas..
El día 23 de mayo de 1957, pescadores que se encontraban en Los Coquitos, en la costa norte del Cayo Saetía, Nicaro, ayudaron a desembarcar a los expedicionarios, quienes indagaron cómo llegar a la Sierra Cristal. Así, en dos grupos, uno por tierra y el otro por mar, los condujeron hasta la playita de La Llanita. Luego, en pequeños grupos cruzaron en botes el canal de Boca de Carenerito, con el propósito de llegar hasta Dos Bahías, en tierra firme, donde descansaron. Esa fue la última vez que los pescadores los vieron.
Los expedicionarios reemprendieron la marcha hacia el sur para tratar de alcanzar las estribaciones de la Sierra Cristal. Las condiciones físicas del grupo rebelde eran pésimas. Al cansancio, la fatiga y los pies llagados debido a la agotadora jornada de cinco horas, se unía la angustia de no poder contar con un guía que los condujera a un lugar seguro.

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