Almeida, el Comandante, el héroe, pero sobretodo el líder de pueblo

Juan Almeida Bosque

Del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque mucho se ha escrito, de su valor, sus condiciones de jefe guerrillero, su fidelidad sin límites a Fidel, del compositor, el hombre, pero poco se ha dicho de su facilidad innata para identificarse con el pueblo humilde y, sin proponérselo, ser su líder.
Así ocurrió con el pueblo santiaguero y de la antigua provincia de Oriente en los años 70 cuando el Comandante Almeida fue designado delegado del Buró Político para esa región del país, en dupla magistral con Armando Hart, como primer secretario del Comité Provincial del Partido Comunista de Cuba (PCC).
Almeida nació en La Habana el 17 de febrero de 1927 en el seno de una humilde familia, y cumpliría en este mes 99 años si no hubiera fallecido el 11 de septiembre de 2009 a los 82 años. 
Cuando asumió la dirección de la antigua provincia de Oriente a principios de la década del 70 ya tenía, a sus 44 años, un impresionante historial. Había sido asaltante al Cuartel Moncada, estuvo en el llamado Presidio Modelo, en el exilio, fue expedicionario del Granma, y el primer combatiente ascendido a comandante en la guerra de liberación junto a Raúl Castro Ruz.
Había sido también jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria en junio de 1959, jefe del Estado Mayor del triunfante Ejército Rebelde al desaparecer físicamente el comandante Camilo Cienfuegos, jefe del Ejército Central del cual fue fundador, viceministro y ministro por sustitución reglamentaria de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).
En su vida política después del triunfo fue integrante del Comité Central y del Buró Político del Partido Comunista de Cuba (PCC) desde su constitución en 1965, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular desde su fundación y Vicepresidente del Consejo de Estado de la República de Cuba.
Sin ser oriental, pues nació en un humilde barrio habanero y tuvo que trabajar desde muy joven como albañil en la construcción, Almeida poseía un carácter jovial, sencillez combinada con autoridad, y sensibilidad musical que le permitieron identificarse rápidamente con el pueblo indómito de esa región.
Una anécdota inolvidable en la cual estuve presente fue la de su reunión en el Comité Provincial del PCC con los jefes de todas las comparsas y congas de Santiago de Cuba, en cuyo anterior carnaval hubo varios muertos y desórdenes. 
Les he convocado, dijo, porque ustedes son mi tribu y yo soy su jefe, les voy a resolver los cueros de chivo para los tambores, ropa para las comparsas, y lo que haga falta para que este carnaval sea el mejor de toda la historia. Pero, con la condición de que ustedes se comprometan de que no va a haber ni un muerto, ni una bronca, y todo se hará con respeto a la autoridad. 
Eso fue todo. Los jefes de comparsas y congas, verdadera dirección de los carnavales, se pararon con lágrimas en los ojos aplaudiendo frenéticamente y le dijeron: ¡Sí comandante, nos comprometemos! Ese año no hubo ningún muerto ni peleas entre barrios.
Otro momento de los muchos que podrían recordarse del Héroe de la República y Orden Máximo Gómez de Primer Grado, eran los sábados por la noche en el Parque Céspedes de Santiago de Cuba. El parqueo de la acera del Hotel Casa Granda los sábados tenía un lugar siempre reservado. 
El Comandante Almeida llegaba cuando terminaba sus labores, sólo con su chofer, abría la portezuela del jeep, y comenzaban los saludos de pueblo. Los personajes de barrio, músicos, paseantes, pueblo santiaguero, pasaban respetuosos a saludarlo, comentarle algún problema, darle alguna queja o simplemente un apretón de manos. Almeida hablaba con todos, bromeaba, y no hacía promesas, simplemente escuchaba y después se ocupaba.
Jefe exigente, pero también atento a los problemas de sus subordinados, manejaba la broma como un recurso educativo. Era capaz con un simple comentario a un dirigente sobre su gordura de que éste se pusiera a dieta voluntaria y nadie era capaz de llegar tarde a una reunión convocada por él.
Autodidacta de vocación, Almeida fue autor de una docena de libros y obtuvo el premio Casa de las Américas en 1985 por “Contra el agua y el viento”, donde narra los hechos tras el paso del ciclón Flora por la Isla en octubre de 1963 y el trayecto desde La Habana de una cuadrilla de helicópteros de rescate de personas al frente de la cual viajaba como Jefe de la Fuerza Aérea cubana.
Como compositor musical realizó más de 300 canciones, y la dedicada a “La Lupe” a su salida de México en el Granma fue un himno de los primeros tiempos de la Revolución. “Dame un traguito” y “Déjala que baile sola”, entre otros, lo acreditan como un importante compositor de música popular cubana.
Luego de su regreso a La Habana tras la División Político Administrativa que creó las nuevas provincias del país, Almeida fue presidente de la Comisión de Revisión y Control del Comité Central, desde 1993 presidente de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC) y vicepresidente del Consejo de Estado hasta el momento de su desaparición física.
El 11 de septiembre de 2009 falleció debido a un paro cardiorrespiratorio y sus restos mortales reposan en el Mausoleo del III Frente Oriental, en la provincia Santiago de Cuba, junto a otros combatientes de la Revolución cubana, donde su pueblo le rinde permanente homenaje.

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