Aniversario 125 de la caída en combate del apóstol de la independencia José Martí

Martí
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Un 19 de mayo de 1895, hace 125 años, cayó en combate el apóstol de la independencia cubana, José Martí y Pérez, al cargar contra una fuerte columna española, de cara al sol como quiso en sus versos sencillos y dejando para la posteridad su ejemplo de vida y una extensa obra en sólo 42 años de vida.

Era domingo ese día en el campamento mambí en Boca de Dos Ríos, cuando el generalísimo Máximo Gómez se dispone a partir con el grueso de las tropas reunidas luego del desembarco por Playitas para iniciar la Guerra Necesaria, hacia el campamento de Vuelta Grande, donde ya conoce que le espera su subordinado y apreciado amigo, el general Bartolomé Masó.

El día anterior, el Delegado del Partido Revolucionario Cubano y Gómez les habían hablado a las tropas rebosantes de alegría y optimismo, y Martí aprovecha para escribir la conocida carta a su amigo Manuel Mercado, que quedaría inconclusa al cambiar la pluma por el revólver y salir a combatir.

En esa carta escribía Martí: “Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir: ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación: ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo – de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin (...)”

En el campamento una patrulla avisa de la presencia en los alrededores de una columna enemiga con más de 600 efectivos al mando del coronel español José Ximénez de Sandoval. A la orden de Gómez, Masó al mando de trescientos jinetes sigue a la tropa del Generalísimo para enfrentar la columna enemiga y Martí marcha junto a los dos experimentados guerreros.

La delación de un campesino acobardado pone en aviso al mando español de la presencia de Gómez, Martí y Masó y sus tropas se despliegan estratégicamente en los potreros de Dos Ríos para defenderse ante un posible ataque mambí.

Al aproximarse al lugar, Gómez ordena enérgicamente a Martí que se quede atrás para salvaguardarlo del fuego enemigo. La vanguardia española es sorprendida por el primer ataque de Gómez y resulta abatida, situación ésta que alerta al resto de la columna que responde con fuerza al nuevo ataque mambí, obligando a Gómez a tocar retirada.

Martí ya separado del grueso de las tropas, le ordena al joven Ángel de la Guardia marchar al frente y realizan un movimiento que los acerca a una sección de la columna española que oculta en la maleza espera a las tropas mambisas. Al percatarse de la presencia de dos únicos combatientes en el lugar, abren fuego. El bisoño teniente es derribado al ser impactado su caballo, mientras José Martí cae mortalmente herido.

El enemigo rápidamente se percata que ha ocasionado una importante baja a las tropas insurrectas a juzgar por las ropas que viste, (saco oscuro y pantalón claro, sombrero negro de fieltro tipo castor, calzado de borceguíes negros, al cuello el cordón de su revólver de cabo de nácar) sus documentos y la cantidad de dinero que lleva consigo. Se apoderan del cadáver y a pesar del esfuerzo que ponen las fuerzas de la tropa de Gómez, les resulta imposible rescatarlo.

Identificado el cadáver es atado a un caballo y conducido a Remanganagua. Ximénez de Sandoval informa a su jefe inmediato en Santiago de Cuba el resultado de las acciones y con desprecio al cadáver del héroe caído, lo hace enterrar sin ataúd y semidesnudo, en una fosa abierta en la tierra. Con parte del dinero sustraído de sus bolsillos la soldadesca compra tabaco y aguardiente para celebrar la hazaña.

Ante tan terrible pérdida Gómez envía al ayudante, el alférez Ramón Garriga a entrevistarse con el jefe enemigo del que desconoce su nombre y grado militar y al que envía una carta personal para que le responda si Martí se encuentra prisionero, herido o de estar muerto, el lugar donde se encuentran sus restos. El valeroso mensajero es detenido, pero logra escapar a una muerte segura. Aquella solicitud jamás fue contestada.

El mando español no quiere correr riesgos de confirmar una falsa noticia y de inmediato ordena al médico militar Pablo A. de Valencia se dirija a Remanganagua] para exhumar el cadáver, identificarlo y prepararlo para su traslado a Santiago de Cuba.

El 23 de mayo se realiza la exhumación y colocado sus restos en un tosco ataúd. Tres disparos han alcanzado su cuerpo. Uno de ellos ha penetrado por el cuello con orificio de entrada debajo de la barba, del maxilar inferior, lado derecho, con salida por encima del maxilar superior, lado izquierdo cuyo labio se hallaba destrozado; el disparo que resulta mortal le penetra por la parte anterior del pecho, al nivel del puño del esternón, el cual resulta fracturado y un tercero en el tercio inferior del muslo derecho y hacia su parte inferior, según aparece en la autopsia que le realiza el Dr. Pablo Valencia días más tarde.

Al conocer las tropas mambisas del plan español, preparan diferentes emboscadas en el camino para intentar nuevamente recuperar el cadáver del Delegado, sin alcanzar resultado alguno.

El 27 de mayo en horas de la mañana se procede al entierro de José Martí en el nicho 134 de la galería sur del Cementerio de Santa Ifigenia, cuyas palabras póstumas son pronunciadas por el Coronel Sandoval.

El 24 de febrero de 1907 sus restos son extraídos en ceremonia solemne y ahora depositados en una urna de metal en el propio nicho 134 ahora convertido en un pequeño panteón que sería conocido por el Templete, lugar donde reposarán hasta septiembre de 1947 que son llevados al Retablo de los Héroes hasta que en junio de 1951 son inhumados para ser depositados sus restos de manera definitiva en el nuevo mausoleo construido en el mismo lugar en este mismo cementerio y donde descansan sus restos junto a la roca que guarda las cenizas del líder de la Revolución Cubana, Comandante en Jefe Fidel Castro.

Su caída en combate frente al colonialismo español representó una irreparable pérdida para el desarrollo de la guerra, pero su doctrina se convirtió para siempre en una fuente inagotable del pensamiento revolucionario de cubanos y latinoamericanos y en la inspiración para la generación que un 26 de julio de 1953 asaltó el Cuartel Moncada en Santiago de Cuba para iniciar la guerra que finalmente llevaría Cuba a su verdadera y definitiva independencia.

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