Era práctica habitual del mando colonialista no reconocer la estatura militar y política del general Antonio Maceo, a quien describían como un “cabecilla mulato iletrado” y le tocaría a Martínez Campos en su histórica entrevista con el Titán de Bronce en Mangos de Baraguá, durante la mañana del 15 de marzo, comprobar lo equivocado de esas apreciaciones sobre el líder cubano que echaría por el suelo sus planes de pacificación completa y sin dignidad de los cubanos.
Desde ese día el ideario patriótico cubano tendría otra referencia en la manigua irredenta, que pasaría a la historia como La Protesta de Baraguá, de la que diría José Martí años después: “Tengo ante mí la Protesta de Baraguá, que es de lo más glorioso de nuestra historia”.
Las claves de esa intransigencia ante la traición se encuentran en la condición del Titán de Bronce, el mulato de cuna humilde que inició la contienda como simple soldado junto a su heroica familia, y representó la figura más destacada emergida en el proceso de radicalización del liderazgo entre las clases populares en la primera guerra de independencia.
